la historia del martillo blog Fuco Reyes Psicólogo

Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así pues, nuestro hombre decide pedir al vecino que le preste el martillo. Pero le asalta una duda: ¿Qué? ¿Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa. Pero quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre abriga algo contra mí. ¿Qué puede ser? Yo no le he hecho nada; algo se habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Tipos como éste le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo.

Así nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir «buenos días», nuestro hombre le grita furioso: «¡Quédese usted con su martillo, so penco!» (De “El arte de amargarse la vida” de Paul Watzlawick)

Persuádete de que estás enamorado, y te convertirás en un amante elocuente…

Ovidio

Las implicaciones de esta historia resultan interesantes

El vecino llega rápidamente a la conclusión de que nuestro hombre no está demasiado bien de la cabeza. Así, la próxima vez que se encuentren en la escalera, intentará evitarlo por todos los medios, lo que a su vez reforzará la idea inicial de nuestro hombre de que tiene motivos para sospechar que alberga algo contra él. Y así cerramos el círculo. Cada reacción del otro reforzará la suposición que tiene el uno del otro. 

Y el cuadro sin colgar

Resulta evidente, al leer esta historia como espectadores, que la suposición de nuestro hombre contiene un importante sesgo: asumir que una suposición que experimenta como un pensamiento subjetivo encaja con la “realidad” de su vecino. Esto es interesante ya que al ver la historia desde un “afuera” nos damos cuenta de un error que acaba asumiendo como una verdad, como una creencia.  Sin embargo, la dificultad para nosotros radica en que cuando no tenemos esa visión externa de lo que pensamos o hacemos, lo percibimos como algo real; no somos conscientes del proceso. Y así nos encontramos con que nuestro cerebro nos inunda constantemente con pensamientos que no se generan a partir de una decisión consciente, y ni siquiera nos damos cuenta.

¿Qué pasaría si, por alguna razón, fuéramos capaces de vernos como protagonistas de un relato o como espectadores de una película en la que nuestro pensamiento se escucha como una voz en off? ¿Qué cambiaríamos entonces?